Contenido Principal
Santander Río

¿Por qué algunas ideas se transforman en inventos que cambian el mundo? La respuesta a ese interrogante la tiene Steven Johnson, un reconocido investigador y conductor de la serie Arquitectos de la Innovación, que WOBI transmite por su señal de televisión.

Un viaje fascinante

En la galería de estereotipos, el escritor es el individuo tímido, solitario, concentrado, silencioso, mientras que el conductor televisivo es extrovertido, desenvuelto, audaz, el “centro” de atención. Dos figuras opuestas, casi en las antípodas. Por eso es curioso que Steven Johnson desempeñe los dos papeles a la perfección: prolífico autor y carismático protagonista de la serie Arquitectos de la Innovación. También es curioso que para hablar del tema ponga el foco en objetos tan comunes como la luz artificial, el aire acondicionado y el reloj. “Cada episodio trata de un objeto aparentemente básico, remontándose a su nacimiento y desandando los miles de años de historia, hasta llegar a cómo y por qué moldearon nuestras vidas”, explica Johnson en una entrevista exclusiva con WOBI. “Ningún capítulo está dedicado al smartphone, por ejemplo, aunque hablo de él. No tendríamos computadoras si antes no hubieran existido los relojes de gran precisión. Quise contar historias de las consecuencias inesperadas de objetos tan simples como un reloj.” Arquitectos de la Innovación consta de seis episodios que tratan sobre la luz, el frío, la higiene, el sonido, el tiempo y el vidrio. ¿Por qué estos seis elementos para contar la historia y el modo en que contribuyeron a crear el mundo moderno? Consideremos algunos ejemplos de la serie. 

De la contaminación a la higiene

A mediados del siglo XIX, la ciudad estadounidense de Chicago ya era bastante importante y tenía mucho tráfico. En ese momento, el medio de transporte habitual eran las carretas. Y basta pensar en todos los caballos que circulaban diariamente para imaginar la cantidad de excremento que se acumulaba en las calles. 

En aquel entonces, la gente creía que el olor tóxico emanado de esa suciedad era lo que estaba provocando graves epidemias, como la disentería y el cólera. Por esa razón, las autoridades de la ciudad contrataron al ingeniero Ellis Chesbrough, quien había prometido deshacerse de la mugre mediante la construcción de un amplio sistema cloacal. Pero no sería una tarea fácil, por cuanto las calles de Chicago apenas se elevaban medio metro sobre el lago Michigan, un desnivel demasiado pequeño para que los colectores tuvieran la suficiente pendiente y el agua corriera por ellos. Entonces, ya que no era posible excavar, Chesbrough propuso levantar la ciudad entera. Y así fue. 

Inspiradas en ese ambicioso proyecto, en apenas tres décadas, 20 ciudades de los Estados Unidos habían construido su propio sistema de cloacas bajo tierra. París también siguió el ejemplo, pero para construir su metro en 1900, seguido de cerca por el de Nueva York. Hoy existe todo un mundo paralelo debajo de nuestros pies: trenes, estacionamientos, autopistas, pasajes peatonales...

Una vez resuelto el problema de la suciedad en la ciudad, el foco tuvo que ponerse en otro, dado que el simple hecho de tomar agua se había convertido en una ruleta rusa: cualquiera podía morir. Por lo tanto, era fundamental dar un paso revolucionario hacia la higiene. Como los deshechos humanos contaminan el agua, se impuso el tratamiento para separar las aguas servidas del agua para consumo. Lo que hoy resulta obvio, no lo era en ese momento. 

La era de hielo 

En 1805 tampoco era obvio que un ambiente podía refrigerarse, ni que el hielo podía mantenerse en estado sólido. Ese año, un joven llamado Frederick Tudor, de 21 años, pasaba unos días de vacaciones en el Estado de Carolina del Sur. Originario del norte del país, Tudor, que estaba acostumbrado a los crudos y helados inviernos de la zona en que vivía, donde las familias guardaban el hielo para conservar comida y refrescar bebidas, comenzó a preguntarse qué pasaría si se pudiera transportar hielo de los lagos congelados a lugares cálidos, sin que se derritiera. Su primer intento de llevarlo a una isla del Caribe fue un fracaso rotundo. Sin embargo, 10 años más tarde logró dar con la fórmula: el aserrín que descartaban de los aserraderos funcionaba como aislante para poder trasladar los cubos. Y con el fin de conservarlos una vez llegados a su destino, construyó unas habitaciones reforzadas, con doble pared aislante, donde un gran cubo de hielo podía mantenerse entre cuatro y seis meses. 

La iniciativa de Tudor permitió el nacimiento de una nueva industria: comida refrigerada. Pronto, trenes repletos de hielo empezaron a transportar cosechas y productos perecederos a diferentes puntos del país, con el consiguiente beneficio para la población, que desde entonces se alimentó mejor y de manera más saludable. Los pueblos fueron creciendo y el hielo se convirtió en el segundo producto más exportado de los Estados Unidos, después del algodón. 

Una vez lograda la solución a la demanda global de hielo, lo que sobrevino fue una plataforma de ideas alrededor del frío, que hoy en día se genera artificialmente. Sin embargo, como ocurre con casi todos los inventos, el frío artificial se originó en medio de un panorama preocupante. En 1841, en Florida, el calor y los mosquitos desataron una epidemia de fiebre amarilla que desbordó los hospitales de pacientes con temperaturas altísimas. Al doctor John Gorrie se le ocurrió la idea de refrigerarlos para bajar la fiebre y evitar que se siguieran contagiando. Con la ayuda de ingenieros creó una corriente de aire que, al pasar por grandes cubos de hielo, refrigeraron el ambiente. Más tarde, Gorrie ideó una máquina que producía hielo artificial. Había nacido el refrigerador. En la actualidad, nadie puede pensar en un hogar sin un electrodoméstico de ese tipo. 

Del silencio al sonido

Otra cosa de la que jamás prescindimos es la música. ¿Quién no tiene canciones en su celular? ¿O un reproductor en casa? Todos estamos, de alguna manera, ligados a la música. Y cuando hablamos de música, hablamos de sonido grabado. Hoy lo damos por sentado, pero ¿cuándo comenzó a grabarse? El primer aparato capaz de registrar sonido fue el fonoautógrafo, fabricado por el impresor y librero francés Édouard-Léon Scott de Martinville en 1857. A partir de su creación, la voz humana quedó inmortalizada para siempre. Pero se mantenía atrapada en ese registro y no podía reproducirse. 

Años después de la muerte de Scott, el científico escocés Graham Bell, al experimentar con el sonido descubrió una forma de volver a generar la voz, interpretando el registro que dejaba el artefacto. Se lo considera el inventor del teléfono, cuya patente obtuvo en 1876, pero lo cierto es que el aparato ya había sido desarrollado previamente por el italiano Antonio Meucci. 

Otro italiano, Guillermo Marconi, ganador del premio Nobel de Física en 1909, a través de sus investigaciones en telegrafía inalámbrica sentó las bases de un revolucionario invento al fabricar el primer aparato para la comunicación de larga distancia por radio. Y demás está decir que la radio se convirtió rápidamente en un medio masivo de comunicación, ideal para brindar información y música. 

Arena milagrosa 

En su Historia Natural, Plinio el Viejo (siglo I) cuenta que unos mercaderes que se dirigían a Egipto con el propósito de vender carbonato de sodio, se detuvieron para comer a orillas del río Belus, en Fenicia. Como no había piedras para colocar sus ollas, decidieron utilizar algunos trozos de carbonato de sodio. Calentaron sus alimentos, comieron y se dispusieron a dormir. A la mañana siguiente vieron con asombro que las piedras se habían fundido y, al reaccionar con la arena, produjeron un material duro y brillante, el vidrio. 

Lo cierto es que el vidrio se encuentra en la naturaleza: es un material inorgánico compuesto de silicio y oxígeno. Pero se estima que el hombre aprendió a fabricarlo alrededor de 3.500 años antes del nacimiento de Cristo. Y es uno de esos inventos silenciosos que forman parte de nuestro quehacer cotidiano, de manera tan intrínseca que no nos detenemos a pensar cómo sería el mundo sin él. Además, ha sido fundamental en las grandes revoluciones de la ciencia a lo largo de la historia. Nos ha ayudado a comprender el universo, a producir alimentos, a combatir enfermedades y a fortalecer la comunicación global. 

Al año se producen cerca de 50 millones de toneladas de vidrio. Se usa para la construcción de casas, edificios, notebooks, teléfonos celulares, autos, anteojos, y podríamos seguir enumerando sus funciones casi hasta el infinito. Nuestra vida depende enormemente de este maravilloso material. Y se produce con uno de los recursos más comunes del planeta: la arena. 

En el siglo XIII, una generación de fabricantes de vidrio se instaló en Venecia, huyendo de Turquía durante la época de las Cruzadas. Venecia era una ciudad sobrepoblada y la mayoría de las casas estaban hechas de madera. Debido a ello, trabajar con altas temperaturas significaba grandes riesgos de incendio, y las autoridades obligaron a los fabricantes de vidrio a mudarse a la isla de Murano, que pronto se convirtió en un gran centro de innovación. Precisamente allí fue donde Angelo Barovier, otro de los héroes desconocidos, creó el vidrio más transparente de la historia y permitió, entre otras cosas, la fabricación de frascos y tubos de ensayo. Productos que colaboraron con la comprensión de la química y dieron lugar a la revolución científica. 

No se sabe con precisión cuándo, pero en algún momento los fabricantes de vidrio comenzaron a jugar con la creación de formas distintas. Así, de dos fragmentos de vidrio curvo en un marco nacieron los primeros anteojos. Y fue el primer paso para la creación del microscopio, que permitió ver aquellas cosas que hasta el momento resultaban invisibles y de las que no se conocía su existencia.

En la misma ciudad donde se inventó el microscopio, unos niños que jugaban con sus lentes afirmaron haber visto algo mágico. Se dieron cuenta de que cuando los ponían de determinada manera, podían ver objetoslejanos como si estuvieran cerca de ellos. Tiempo después, gracias a la invención del telescopio, el vidrio también sería el vehículo para conocer cosas más allá de nuestro planeta. 

Y se hizo la luz

Sin embargo, ni la higiene, ni el vidrio, ni el frío se pueden comparar con el invento más revolucionario de todos: la luz. Y no solo porque hizo un mundo más luminoso, sino porque puso en marcha una increíble tormenta de ideas. Ideas que afectaron la vida del hombre. Desde la industrialización, hasta la arquitectura. Desde artículos del hogar, hasta el entretenimiento. 

Pero antes del invento de la bombilla de luz hubo otro muy interesante: el polvo de la luz del flash, un desarrollo alemán que no tardó en llegar a las calles de Nueva York. De hecho, les dio luz a fotógrafos interesados en retratar lo mal que vivía la gente en los barrios pobres de la ciudad. 

Y aunque ese flash cegador podía mantener un cuarto iluminado por unos segundos, las personas todavía dependían de las velas para iluminar sus hogares. Fue entonces cuando Thomas A. Edison descubrió que se podía generar una iluminación continua y brillante con solo encender un interruptor. Era el momento de la bombilla eléctrica. En 1879, la primera bombilla incandescente de larga duración iluminó Nueva York. Y un año después comenzó a fabricarse en forma masiva, lo que hizo posible que la luz artificial llegara a una enorme cantidad de gente. 

Gracias a ese invento, la productividad mundial aumentó considerablemente. Pero los cambios fueron aún más profundos y sociológicos. Por ejemplo, con la llegada de electrodomésticos —lavarropas, aspiradoras y batidoras, entre otros— se redujeron notablemente los tiempos de trabajo en el hogar, y las mujeres lograron más independencia para sumarse a la fuerza laboral.

A su vez, la evolución de la tecnología dio lugar a nuevos inventos, como la luz láser, que transformó la comunicación global. Todas las llamadas telefónicas, el correo electrónico y la conexión a Internet se realizan con pulsos de luz láser a través de un sistema de fibra óptica. 

En definitiva, los inventos clave para el desarrollo de la humanidad no dejan de sorprendernos. Día a día evolucionan y cambian, y los adoptamos y nos readaptamos a sus nuevos formatos. En pocos siglos, la luz, el frío, la higiene, el sonido, el tiempo y el vidrio han conducido a la modernidad. Habrá que ver adónde nos llevan sus derivados.

TAGS: Innovación, Creatividad, Historias. 

POR: Steven Johnson // Entrevistadora: Victoria Marcó colaboradora de WOBI. 

PASIONES ENCONTRADAS

Nacido en 1968 en Washington D.C., Steven Johnson estudió semiótica en la Universidad Brown, y luego literatura inglesa en Columbia. Es el autor de nueve libros que versan sobre la intersección de la ciencia y la tecnología. También ha creado tres sitios web muy influyentes: la pionera revista online Feed, la comunidad Webby y Plastic.com. “Quise ser escritor desde muy temprano, cuando tenía 13 o 14 años, pero siempre dudaba de qué tema tratar”, le confesó a WOBI en un pasillo del Milano Congressi, durante el último World Business Forum realizado en la ciudad de Milán. “Me atraía la literatura del siglo XIX y nada lo relacionado con la tecnología. De hecho, en los ’80, si a uno gustaba la cultura, era muy poco probable que le interesaran las computadoras. Considerábamos que eran para los nerds. Sin embargo, esa noción empezó a cambiar en los ’90, gracias a publicaciones como Wired, que hablaban de la tecnología como una fuerza cultural. Fue entonces cuando me propuse escribir sobre el impacto histórico de la ciencia, y se volvió el tema recurrente de mi trabajo.” 

En la actualidad, Johnson colabora regularmente con The New York Times, The Wall Street Journal y The Financial Times, y es asesor de varias compañías relacionadas con Internet. También fue el co-creador y anfitrión del programa televisivo Arquitectos de la Innovación, basado en su libro How We Got To Now, que WOBI transmite en su canal para América latina.

Santander Rio

Santander Río® 2016
Todos los derechos reservados.