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De Brooklyn para el mundo

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Sam Cervantes fundó Solidoodle hace cuatro años, guiado por un propósito: fabricar las impresoras 3D más baratas y fáciles de usar del mercado. Hoy ya las utilizan desde los padres para imprimir juguetes hasta los alumnos en los proyectos de ciencia de las escuelas.

De Brooklyn para el mundo

En las oficinas de Spotify de Nueva York hay un taller con una impresora 3D para armar prototipos de robots que incorporan la aplicación. En New Inc, la incubadora de artistas y emprendedores del New Museum, en el Soho, se la utiliza para transformar archivos de audio —desde las primeras palabras de un bebé hasta una sinfonía clásica— en un objeto tangible. En Carolina del Norte, el cirujano Anthony Atala, director del Instituto Wake Forest de Medicina Regenerativa, se vale de un equipo similar para experimentar con células vivas e imprimir órganos trasplantables.
Como muchos avances revolucionarios, la primera impresora tridimensional se gestó en un garaje, hace 30 años. Hoy es una pieza clave en emprendimientos, escuelas, laboratorios. Y cada vez en más hogares, gracias a la visión del fundador de Solidoodle, empresa pionera en la fabricación de impresoras 3D para consumo masivo. Su gran mérito consiste en haber logrado un modelo que cuesta menos de US$ 500 y es muy fácil de usar: solo hay que apretar un botón. 

Propuesta de valor

En pleno corazón de Brooklyn, una modesta puerta en la que apenas se puede leer el logo es la entrada a un laberinto que se asemeja a los dibujos del artista gráfico M. C. Escher. Escaleras que bajan y suben, recovecos inesperados, y espacios donde conviven la fábrica, la oficina de ventas y el taller de experimentación, a cargo de un técnico ruso llegado a los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Nos guía en el recorrido el alma mater del lugar, Sam Cervantes, el creador y CEO de Solidoodle. Entusiasta y locuaz, el joven ingeniero aeroespacial que años atrás trabajó en GE y luego en Makerbot —uno de sus mayores competidores— asegura que su experiencia en la construcción de aviones comerciales fue una excelente escuela para comenzar su actual emprendimiento, nacido en 2011. 
Ese año, Cervantes se propuso un objetivo ambicioso: fabricar la impresora 3D más barata y simple del mercado. Pero, a diferencia de otros emprendedores tecnológicos que salen en busca de inversores, optó por apostar dinero propio. 
“Durante los tres primeros años utilicé los ahorros de toda mi vida —cuenta—. Conseguir financiación era difícil porque los inversores no le veían al proyecto potencial para un público masivo. Tuvimos que crear el mercado. No obstante, pudimos capitalizar y transformar los recursos escasos en una ventaja competitiva. Toda la inversión se centró en agregar valor para el cliente.” 

Camino al éxito 

Cervantes es acelerado para hablar y quiere tener todo bajo su control. Rápidamente, enumera los hitos de su emprendimiento y las generaciones de productos: “En septiembre de 2011 presentamos nuestra primera impresora en la World Maker Faire. Resultó un fracaso absoluto. Vendimos solo 10 en los siguientes nueves meses. Pero utilizamos el feedback de los clientes para desarrollar una nueva versión, de mayor tamaño y menor precio. En abril de 2012 lanzamos la Solidoodle II, a un precio 40% más bajo que el modelo anterior: menos de US$ 500. Y aumentamos un 50% el volumen. ¡Éxito inmediato!”. 
Para optimizar los procesos de desarrollo y producción decidió crear un sector en el que hay 40 impresoras 3D que trabajan 24/7 e imprimen miles de piezas de los engranajes de las próximas máquinas que saldrán al mercado. “Esta estación nos permite ser ágiles para cambiar diseños en cuestión de horas”, explica Cervantes mientras muestra cómo operan todas las máquinas en simultáneo. 
Noviembre 2013 fue otro mes clave para Solidoodle. Lanzaron una cuarta generación de impresoras para minoristas como Best Buy y Staples, porque descubrieron que en esos canales había mucha demanda. “Pero los clientes nos decían que querían una más fácil de usar, más confiable y a un precio más accesible. Entonces hicimos borrón y cuenta nueva, y comenzamos desde cero”, confiesa Cervantes. 
Un año más tarde fue el turno de Solidoodle Press. Vendieron más de US$ 1 millón en un mes. Un hito importante para la compañía: “El comienzo del consumo masivo”, dice con orgullo. 
Actualmente comercializa sus productos a través de gigantes minoristas como Amazon y Best Buy. 
A toda velocidad, como el ritmo de crecimiento de su empresa, Cervantes responde las preguntas de WOBI. 

¿Cuál fue el momento más difícil en la vida de Solidoodle? 

A finales de 2011, cuando vimos que la primera impresora no tenía aceptación en el mercado. Decidí gastar mis últimos ahorros y agotar los créditos de mis tarjetas para lanzar, en abril del año siguiente, una nueva versión: la Solidoodle II. Si no se convertía en un éxito estaría perdido porque se me habrían agotado los recursos. Afortunadamente, vendimos cientos de miles de dólares en las primeras semanas y pudimos continuar.

¿Cómo se crea un nuevo mercado? En su caso, el de la impresión 3D para un público masivo. 

Hubo muchos momentos de la historia en los que los consumidores han tenido una necesidad que desconocían. Nuestro objetivo fue lanzar las impresoras en el punto exacto de intersección entre el desarrollo de la tecnología y la demanda de los clientes. Desde el comienzo hicimos el ejercicio de analizar los procesos de manufactura, la evolución tecnológica y el consumo. Diseñar productos para un nuevo mercado es todo un arte. Exige educar al cliente, ilustrar y presentar casos de éxito. 

¿Quiénes son sus clientes? 

Los primeros fueron los que veían a la impresora como una caja mágica con diversas aplicaciones. Los colegios, por ejemplo, decidieron utilizarla como una herramienta para que los chicos aprendan sobre tecnología; los diseñadores, para hacer prototipos de sus productos; los ingenieros, para probar nuevos diseños mecánicos. O el caso de e-nable, una ONG de Norchester, Nueva York, que usa una Solidoodle para imprimir prótesis destinadas a niños. Porque con los métodos tradicionales, los costos de fabricación son altísimos: una mano cuesta aproximadamente US$ 40.000, y cada niño necesita una a su medida. Además, debe ser cambiada una vez al año, a medida que crece. Es un proceso customizado, que no permite la economía de escala. En cambio, la impresión 3D reduce los costos abruptamente. Existe un software que, con una foto de la mano y las medidas, crea la prótesis automáticamente. Este es solo un ejemplo del uso para un nicho del mercado. Pero, con el correr del tiempo, la demanda fue virando hacia el consumo masivo, que exige facilidad de uso y precios bajos. En 2014 vendimos 12.000 impresoras a clientes de 60 países. Nuestros principales mercados son los Estados Unidos y la Unión Europea, pero nos llegan pedidos de países que jamás hubiéramos imaginado. 

¿Dónde producen las impresoras? 

Durante los primeros años fabricábamos todo en Brooklyn. Estábamos en una etapa experimental y podíamos hacer un seguimiento detallado de cada una de las piezas y los procesos. En 2014 consideramos que ya teníamos el feedback suficiente para encarar la producción masiva. Obviamente, no podíamos lograr ese objetivo en esta planta de 600 metros cuadrados, de manera que buscamos un socio en Asia que nos permitiera fabricar millones de impresoras del modelo Solidoodle Press.

¿Cuáles son las ventajas competitivas de Solidoodle? 

Fuimos los primeros en ofrecer una impresora ensamblada y lista para usar por debajo de los US$ 1.000, pero además los primeros en lanzar otra a un precio menor de US$ 500. Y seguimos liderando la industria, creando nuevos mercados y satisfaciendo las necesidades de industrias con estrategias disruptivas. Otra de nuestras ventajas competitivas es el equipo de 50 empleados con el que contamos. Sobre todo, tres ingenieros aeroespaciales, cuyo trabajo es vital para Solidoodle. El motor de un avión incluye millones de piezas y combina conocimientos de ingeniería mecánica, eléctrica y de programación, entre otros. Todas esas especialidades son imprescindibles para producir una impresora 3D. 

¿Cuál es el secreto para fabricar las más baratas del mercado? 

El diseño. Tenemos el mejor equipo estudiando todos los detalles eléctricos, mecánicos y de software para que converjan en una visión: crear una experiencia simple para el usuario. “El diablo está en los detalles”, dice un viejo refrán. Y es verdad, porque son las pequeñas cosas, que a primera vista parecen anecdóticas, las que hacen funcionar bien cualquier actividad. 

¿Cómo imagina el impacto de la impresión 3D en nuestro estilo de vida? 

Un pilar fundamental es el grado de adopción y de acceso a esta nueva tecnología. La gran pregunta es cuál será el ecosistema en el que podremos compartir y desarrollar archivos 3D. Nosotros ya hemos lanzado una plataforma Solidoodle, donde los usuarios pueden subir, compartir y bajar diseños 3D. Además, nos asociamos con Action Philosophers, que edita revistas de historietas, para desarrollar los personajes en 3D. Los archivos ya están disponibles para todo el mundo. Y también establecimos una alianza con Kiki Han, la autora de la serie de libros infantiles “Alphabellies”. Nuestros diseñadores les dieron vida a los personajes en 3D, de modo tal que mientras los niños aprenden a leer, al mismo tiempo jueguen. 
En un futuro próximo me gustaría que, en vez de comprar juguetes hechos en China con insumos de petróleo proveniente de Medio Oriente, podamos crear muñecos con plástico reciclado en una impresora 3D, en el living de nuestra casa. 
“Mucha gente tiene una visión apocalíptica del futuro. Cree que la tecnología nos conducirá a una suerte de ‘Big Brother’. Yo tengo una mirada ‘Star Trek’: estoy convencido de que la tecnología nos permitirá vivir de un modo más inteligente y sustentable.”

Tecnología exponencial 

Según la consultora Gartner, que proyecta un crecimiento acelerado del mercado de impresoras 3D, en 2015 se venderán 217.350 unidades en todo el mundo: un 100% más que el año anterior. Y pronostica que las ventas se duplicarán año tras año hasta 2018, cuando se estima un volumen superior a 2,3 millones de unidades. 

POR: Sam Cervantes // Entrevista: Carolina Suárez © WOBI. 

TAGS: Emprendedores, Caso de Éxito, Tendencias

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